bikini lunares rojos

Hace más o menos un año me compré un bikini rojo con lunares blancos en la feria de las pulgas de mi ciudad natal. Hace más o menos un año que estaba guardado en una bolsa, esperando aquella ansiada promesa de ser colocado en mi cuerpa, tocar la arena de la playa, aplastar mi abultado abdomen y mostrarse en público. Hace más o menos un año que anduve evitando aquella situación, de manera inconsciente, aún me da vergüenza mostrarme ante el mundo de la normalidad.

Llegando de viajar, extrañando las cosas que haría en la ciudad donde habito, terapia de sol: amigas, tetas, playa; extrañando las cosas que haría, porque realmente nunca las hago. La observo recostada en el sillón del patio, antes de ayer lo reciclamos en el cerro vecino. Un gran sillón de cuerina negro, glamouroso, como me encanta, la basura me conoce y sabe darme justo lo que necesito en el momento preciso. Está recostada, en tetas, shorcitos de chonguita que sacó de la ropa que vendo en la feria de los miércoles, sus pies sucios, sus manos sosteniendo un libro de huertas. Me siento cerca de sus pies; la invito a la playa, asiente, me dice que va a “ponerse decente”.

Con tanto ajetreo y cambios de casa me desapegué de un montón de cosas, casi mágicamente al subir al segundo piso una amiga me dice: tengo tu traje de baño, lo use el otro día, toma. Pensaba que lo había perdido. Me lo coloco frente a sus ojos y le pregunto cómo me veo, me contesta que guapa y obvio, no le creo. Tomo  una toalla y me cubro, bajo al primer piso, me observo al espejo, me sonrojo, la vergüenza me invade. Decido de todas formas ponerme la ropa encima del bikini, en algún momento tengo que superarlo, supongo.

Bajo las escaleras, estoy lista. Tomo unas fajitas medias podridas cocinadas de las ventas fracasadas del día anterior, lleno una botella con agua, me dice: ¿te gusta la menta? ¿Le pongo unas hojitas?, asiento, le cuento como la menta me hacía recordar a los brebajes que tomaba cada mañana mi abuela. Se coloca el jockey y salimos.

Nuevamente nos veo caminando, como siempre, bajando la escalera, al otro costado la playa, mis pasos cortos y torpes que hacen rebajar la velocidad de su caminata habitual. Conversamos, como siempre, siento dentro de mí una inmensa alegría. La extrañaba de verdad, me parece extremadamente hermosa. Toco su cabello, negro, canoso, con un par de rizos tan perfectamente desaliñados, “extrañaba esos rulitos”, digo despacio, tratando de pasar piola. Estoy contenta, busco formas de observarla disimuladamente tratando de no tropezarme.

Hablamos de la universidad, del pasado, le cuento algunas de mis tantas historias aburridas de la carrera de psicología, mis pequeños sueños institucionales abortados. Cruzamos la calle, caminamos por el muelle ya travestido con la próxima creación del asqueroso mall barón, caminamos por la costa. Seguimos charlando del pasado, me contaba que sólo quería salir de la escuela para hacer lo que se le plantara, de alguna forma ser “”libre””, las veces que se anotó en la universidad y que nunca asistió y que finalmente el viajar fue el devenir que la sedujo. Me dice que bajemos por la otra escalera a la playa, donde hay menos gente, asiento.

Me saco las chalas, mis pies tocan la arena y siento cada piedrita en la planta de mis pies; la sigo, se sienta en la arena, me siento. Observo la playa, el mar, los lobos marinos, la miro a ella, se saca las zapatillas, me saco las calzas, se saca la polera, queda en tetas y se recuesta de espaldas al sol… Miro el mar y pienso en el bikini que traigo puesto, me observo a mi misma tímida, avergonzada, se que ella está a mi lado en tetas y que no le importa nada ni nadie. Recuerdo que intencionalmente la parte superior del bikini no existía, hago una microguerra con mi cabeza y me saco la remera. Ya está, estoy en tetas con el bikini rojo con lunares en la playa y ella está a mi lado, ¡¡¡¡que placer!!!!

Me coloco la polera en los ojos para que no me llegue el sol y me recuesto a su lado. Ahora no existe un afuera, sólo estamos ella y yo echadas en la playa tomando sol, los sonidos de alrededor parecieron desaparecer, no escucho nada, ni veo nada, sólo me pierdo en esa pequeña atmósfera creada por la polera en mis ojos y la sensación de su piel cerca, a 30 centímetros aproximadamente. La arena en mi espalda, en mis pies, en mi culo, el sol pegando en mi cuerpa, ella, amiga, a mi lado. Estoy contenta.

Patea un poco de arena sobre mis pies, hago como que no me doy cuenta. Toma un puñado de arena con sus manos callosas, de uñas redondas y dedos huesudos y la tira suavemente sobre mis costillas y mis tetas, lo vuelve a hacer, que placer… toma otro puñado y me dice: quiero saber que se siente, y lo hace sobre su cuerpo. Ahí sigo yo, callada como estúpida, sin moverme. Me pregunta si quiero escuchar algunas historias lésbicas, asiento entusiasmada, son mis preferidas y podría casi asegurar que las de ella también. Toma su mochila, se acuesta sobre su estómago y comienza a relatar la historia, lesbianas, diferencias de edad de más de 17 años, encuentros, salidas del closet, etc. Cada pequeña parte del relato me remonta a épocas de mis cortos 22 años, actuales, concretas, están aquí, presentes, conociendo tortas, venciendo la normalidad de las barreras etarias, rompiendo mis propios límites que descubrí al encontrar algo nuevo. Recuerdo las cosas que me preguntaba cuando apenas nos conocíamos, que significa “ser” lesbianas, “sentirnos” como tales… Me coloco de costado, tiro tímidamente algo de arena sobre su espalda y la acaricio, observo las picadas de los mosquitos y pulgas por su piel, las quemaduras del sol, su cuello. Lesbiana, si, parece, lo soy, torta, si, me parece, te encuentro, las encuentro en mi vida, me rodeo, me envuelvo. Lesbianas habitamos, niñas, adolescentes, atolondrada, tímida, espejos, miedo. Las encuentro, mis amigas, ¿Cuántos años buscando esto? ¿Esto? ¿Qué es esto? Bah, que me importa, recuerdo nuevamente, un pequeño consejo de una amiga amante, aprender a disfrutar la simpleza de cada momento. Vivir en micromomentos y profundizar a cada momento. Torta de barrio, enloquezco, quiero saber y absorber todo lo que pueda de ella.

Amar a mis amigas, enamorarme de ellas o, tal vez,  aprender a quererlas sin enamorarme… Encontrarnos, multiplicarnos, deviniendo tortas, todas aquellas me habitan, ella me habita en este momento. Termina el relato, me pregunta si quiero oír más, asiento, comienza a leer unos poemas. Sinceramente no escucho nada de lo que me dice, estoy en una especie de trance, caen lagrimas de mis ojos y ruego por qué no se dé cuenta, después cambio de opinión, me gustaría sentarme y abrazarla, sentirla, decirle lo mucho que la quiero, agradecer todo esto, pero no. Todo sigue en mi cabeza, trato de prestar atención a la lectura, atiendo el último poema sobre rompecabezas y el cuerpo, cambio de posición y me hago la boluda, “que lindos los dibujos del librito”.

Sigue revisando, parece que anda con ganas de leerme y siento un enorme placer. Me recuesto nuevamente con el sol en mis tetas, estiro mis brazos y siento la arena en mis axilas. Revisa su cuaderno y me comparte algunas cosas que había escrito, unos dibujitos, tiempos pasados, me siento contenta, me es imposible evitarlo, siento un enorme placer. Hablamos sobre lo lindo que es revisar cosas que una ha escrito, recordar algunos momentos, sentirlos presentes. Como si cada palabra al volver a leerla tomara vida por si misma.

Tiene ganas de mear, parece que el paseo ya va a acabar. Aún siento ganas de abrazarla, trato de buscar excusas y no las encuentro, no lo hago, ¿por qué busco excusas? Cada vez que me percato trato de buscar pretextos para sentirla cerca, abrazarla, tocar su cabello, sus manos, amiga, sabe perfectamente cuanto me encanta.

Caminamos a casa, me siento muy alegre. Llegamos a casa, tengo ganas de escribir, veo que toma su chaqueta, mete algunas cosas a su mochila. Se acerca a despedirse: “voy a tomarme unos mates con un amigo”, me besa la mejilla y  la abrazo, le pido que me abrace, tenía muchas ganas de que me abrazara.

Se va  y sigo en trance, que placer, tomo un cuaderno, que placer. No quiero olvidar esta tarde.

mis



One Comment

  1. Lobo wrote:

    Que buena historia! Los torsos desnudos al sol, el rumiar incesante de las olas, y el chapuzón en las aguas heladas son la mejor terapia de aquí y ahora, no se necesita preguntarse mucho, pues el frío del pacífico se lleva los pensamientos, queda el cuerpo vivo, solo eso.

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